EN EL CANDELERO
”Vosotros sois...”
Maravilloso el evangelio de esta semana. De esos que hay que leer varias veces porque creemos saberlo de memoria y precisamente por eso mismo no lo escuchamos correctamente. Creemos conocerlo, creemos saber lo que dice y acabamos acomodándolo a nuestra manera de entenderlo todo.
De hecho muchos creen que se trata de una exhortación del Señor a vivir de una determinada manera, una invitación a ser luz y a ser sal. Pero no se trata de eso. No sería una buena noticia si se tratara de una invitación a un esfuerzo que debemos hacer. Convertiríamos el evangelio en un moralismo más, en un consejillo para nuestra vida, en una tarea tantas veces imposible. Ser intachables, dar testimonio eclesial y qué sé yo.
No, no se trata de una exhortación. El Señor describe nuestra vida, nos dice quiénes somos. Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz mundo. Ya sois la luz del mundo. Ya sois la sal de la tierra.
El mundo te necesita a ti y Dios lo sabía. Por eso te creó como eres. Hay algo en ti, solo en ti, que el mundo necesita. Uno no es sal y luz porque un día lo decide, por una decisión personal muy santa y muy buena. No. Dios ha querido salar el mundo contigo. Dios ha encendido una lámpara, tu vida, para iluminar este mundo tenebroso. Pero es Dios el que ha encendido la lámpara, Él es quien pone la luz.
Y Él es quien te pone sobre un candelabro. Que distinto es afrontar tu vida cuando todo lo que sucede a tu alrededor, todo lo que conforma tu vida lo contemplas no como un cúmulo de problemas, de dificultades, de retos y de pruebas, sino como los candelabros donde Dios quiere que tu luz brille. El candelabro de Cristo fue su cruz. De hecho el sol se oscureció para que Él, solo Él, fuese realmente la luz del mundo. Y el candelabro fue elevado sobre la tierra para que todos lo mirasen, incluso aquellos que lo traspasaron. Y, en aquel candelabro, iluminó nuestra vida mostrándonos el amor inmenso de Dios entrando allá donde todos escapábamos.
Cada uno de nosotros tenemos un candelabro. Dios ha preparado para nosotros un monte donde nuestra luz brille. ¿Qué monte? Todo aquello donde no te queda otra que fiarte de Dios, que abandonarte en Él. Para que se manifieste que lo sublime de este amor viene de Dios y que no viene de nosotros.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola