ERES MI HIJO

”Conviene que así cumplamos toda justicia.”

Mira que es estupendo este tiempo de Navidad después de la Epifanía. Toda la liturgia nos habla de una sola cosa: el amor inmenso que Dios te tiene, que ha enviado a su Hijo para pagar tus deudas. ¡Tus cuentas y las mías están saldadas! No podía dejar el Señor tu soberbia, tu lujuria, tu egoísmo, tu infidelidad, tus juicios, tus abortos, tus idolatrías… como una deuda pendiente. Cristo ha sido enviado como propiciación por nuestros pecados.

Por eso entra el Señor en el Jordán para “que se cumpla toda justicia”. Porque la justicia de Dios es el amor al hombre. Nada que ver con la justicia humana, la del ojo por ojo y diente por diente. Nada que ver con la justicia de los escribas y fariseos.

Cristo ha descendido al lugar más bajo del planeta, la depresión del Jordán, donde los pecadores venían a ser bautizados por Juan y se ha puesto a la cola con ellos. Hoy el Señor se pone contigo, en tus penas y alegrías, en tus sufrimientos, en lo que sea que estés viviendo y entra en esta agua del río Jordán cargando con todos nuestros pecados. Y Dios se complace en Él, porque ésa es su voluntad, esto es lo que Dios quiere y que es tan necesario cumplir. Ésa es su justicia: el amor al pecador.

Por eso se hace nada, se anonada, con tal de salvarte, con tal de sacarte del infierno en el que tantas veces te has metido. Así te ha amado Dios.

Y eso es el bautismo: un encuentro personal con Cristo que te da una vida completamente nueva. Entrar en las aguas de la muerte para salir victoriosos con Cristo. Vivir con el cielo abierto. ¡Qué maravilla! Vivir escuchando de Dios: tú eres mi hijo, mi amado, mi predilecto.

Yo no entiendo la vida de otra manera. Por eso me sorprenden tanto los que niegan a Dios. Es vivir rechazando a quien te quiere. Es vivir sin el horizonte de una meta gloriosa donde la vida tantas veces mezquina e insoportable se vuelve plena, donde todo por fin tendrá sentido. Y no es que en esta vida no hallemos alegrías. Las hay y muchas. Me viene al corazón san Francisco Javier. Tan lleno estaba el hombre del amor del Señor que hasta le ardía el pecho. Pobre, náufrago, despreciado, hambriento y desarrapado, pero lleno su pecho del amor del Señor. Y rezaba al Señor: “quítame tantos consuelos o llévame contigo”. Así le amaba Dios y así te ama a ti.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola