PILAR DEL MUNDO ENTERO
”...los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.”
Si hoy estamos aquí seguramente sea por la intervención oportuna de la Virgen en Zaragoza en el año 40 de nuestra era. Había venido Santiago a una tierra llena de romanos, celtas, fenicios, griegos, cartagineses, iberos y hasta vikingos. Y nadie le escuchaba. Cada uno a lo suyo, con sus costumbres, sus dioses y su cultura. Ninguno dispuesto a escuchar la Palabra y a ponerla por obra. Ninguno dispuesto a ser tierra buena donde la Palabra de Dios pueda dar fruto: en unos treinta, en otros sesenta y en otros ciento. Exactamente igual que ahora.
Y la Virgen en carne y hueso salió a su encuentro en la ribera del Ebro en Zaragoza. ¡Ánimo Santiago, no tengas miedo! Y Santiago volvió a levantar la vista y a mirar lejos, hasta los confines del mundo, hasta el Finisterre. Era la madrugada del dos de enero. Una historia que nos precede y nos desborda. Un apóstol cansado. Una misión imposible. La presencia de la Virgen que restauró la esperanza de un hombre, testigo del Maestro, que había tirado ya la toalla.
El Pilar, promesa y certeza, donde uno descubre en la figura de un joven de Calanda, que lo imposible puede volver a caminar. Es Ella la que hace posible que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. La Virgen, pilar de Zaragoza, pilar de nuestra fe, columna del mundo.
Firme cuando arrecia el viento. Cercana cuando duele la vida. Abierta siempre a todo lo que nos hace humanos. Una luz que sigue viva. Una promesa que no termina. Un signo para aquel hombre, Cristóbal Colón se llamaba, que pensó que jamás llegaría al otro lado del mundo y, en el día del Pilar, pisó las tierras de América y hasta allá llegó la fe, llegó la iglesia.
¡Qué grande es la presencia de la Virgen! ¡Ojalá hoy Ella salga a tu encuentro: te trae a Cristo! Ella es imagen y figura de la tarea evangelizadora de la Iglesia desde que visitó a su prima Isabel. En ella, en su seno, escondido, estaba Cristo.
¡Ojalá hoy tú te encuentres con Ella! Vendrá serena y calma en un momento. Vendrá si tu te dejas a restaurar tu vida y tu esperanza. Vendrá seguramente disfrazada de alguien que tú conoces, de palabra o de gesto. O tal vez escondida en un sencillo anuncio de la Iglesia que hoy, igual que Ella en Zaragoza, te diga lo mismo que a Santiago: ¡Ánimo. No tengas miedo!
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola