MI AMIGO EL CONDE

”...me torturan estas llamas.”

Me he acordado al preparar esta hoja de un amigo con una vida muy disoluta. Es conde. Vive perdidamente pero una temporada cada año, tres o cuatro semanas, la dedica a irse entre los pobres para así lavar su conciencia, para ganarse el cielo. Concretamente se va a Calcuta entre los más pobres de la tierra.

Podemos pensar al leer este evangelio que solo se salvan los pobres, o tal vez que nuestra misión sea paliar la pobreza en el mundo. Buscar a los lázaros de este mundo, que por cierto cada están más cerca, y darles lo que nos sobra, que también es mucho. Como mi amigo el conde.

Hay algo mucho más profundo que el simple reparto de los bienes. Lázaro no armaba barullo, no reclamaba nada. Era humilde. Tan humilde que hasta dejaba que los perros le lamiesen las llagas. Si te acuerdas de san Francisco Javier, se hizo como uno de estos perrillos, lamiendo las llagas de un leproso.

Porque de esto va la historia. De humildad y de soberbia. No de bienes. Es muy curioso este evangelio.

Por eso el rico del evangelio está en el infierno. Porque es un soberbio, porque no tiene humildad. Por eso está solo, no puede amar, no puede perdonar, está lleno de rabia y de odio, estaba viviendo ya en el infierno desde siempre. Se había adueñado de todo, de sus bienes y hasta de su vida. Se había convertido en dios de sí mismo y hacía lo que le daba la gana, lo que quería. Y estaba destruido, como tú y yo tantas veces.

Hoy el Señor va a descender a tu infierno, va a poner el cielo dentro de ti, se te va a dar en alimento. Y todo para que levantes la vista y veas al que tienes al lado, a Lázaro. Y para que viéndolo dejes de juzgar a todos y dejes de juzgarlo todo. Para que te des cuenta de que tú no eres Dios. Dios es tan humilde que te ama aun siendo tú un soberbio.

Mira hoy a Lázaro. Mira a tu marido, o a tu mujer, a tus hijos, a tu jefe y a tu vecino. Mírale las llagas. Mira cómo te pide que le refresques, cómo está necesitado de que tú le quieras. Ámalo como lo ama Cristo, y si no puedes pídele con humildad al Señor, que escucha a los humildes.

Ay si Epulón hubiera conocido el amor de Dios. Ay si mi amigo el conde pudiera conocer el amor de Dios. Descubriría que no tiene que ganarse el cielo, que Cristo ya lo ha ganado para él.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola