UNA SOLA PALABRA
”Por tu palabra, echaré las redes.”
Escribo con mucha antelación este comentario porque salgo para el congreso de vocaciones en Madrid esta misma tarde. Acabo de hablar con un amigo y en el fondo de mi alma resonaba este evangelio. Una palabra, una sola palabra del Señor, cambió la vida de aquel pequeño grupo de pescadores.
Lo habían intentado todo. Sabían mejor que nadie de su profesión, pero no habían conseguido gran cosa, mejor dicho nada. Estaban cansados y abatidos. Como tú y como yo tantas veces. Nos pesa el matrimonio, nos pesa la parroquia, o tal vez los hijos. Estamos hartos del jefe o de la suegra. Estamos cansados de pecar, de dudar unos de otros. Estamos agotados de tener que levantarnos todos los días para vivir renegando de todo y de todos. Nos cansa la vida porque hemos intentado muchas cosas, hemos bregado toda la noche, y todo sigue igual, no conseguimos nada o poca cosa. Y terminamos cansados, agotados, igual que aquellos pescadores. A lo mejor ni sabes ya qué hacer con tu vida.
Y la Iglesia que se ha empeñado en predicar, en anunciarte cada domingo y cada día que Dios te ama tal y como eres, que tu vida es maravillosa para Él, que te quiere. Pero para que te lo puedas creer es necesario que experimentes el fracaso, la impotencia, la noche oscura. Porque si no, podrías creer que todo se debe a tu buen hacer, a lo estupendo y lo bueno que tú eres. No. Dios te ama gratis.
Por eso en algún momento de tu vida, cuando te vaya todo mal, cuando experimentes el absurdo, cuando nada tenga sentido, cuando tu matrimonio parece que va a romperse, cuando el cansancio ya se ha apoderado de ti, es necesario que resuene en ti una palabra de Cristo, una sola palabra: que Dios te ama. Y te mirarás a ti mismo como se mira Pedro: Señor, pero si no merezco tanto amor como tú me tienes, si es que soy un desastre, que todo lo he hecho mal, que no puedo ni con mi vida...
Y Cristo pesca a Pedro con una red fantástica, la misma que hoy pone en tus manos para pescar a los hombres de esta generación. La única posible: la del amor, la que rescata a los hombres de la muerte, del sinsentido, y los lanza a la aventura de la fe. Que me creaste, Señor, para amar, decía san Agustín, y no descansaré mientras no ame.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola