BARTIMEO

”Ánimo, levántate que te llama.”

Bartimeo no puede seguir a Cristo que va a emprender un viaje maravilloso. De Jericó, la ciudad maldita, el impedimento que se encontró el pueblo de Israel para entrar en la tierra prometida, la ciudad que nunca debió ser reconstruida, a Jerusalén, la ciudad Santa. Es el camino de la perdición a la salvación, de la oscuridad a la luz. Pero no lo puede seguir porque es ciego y está sentado al borde del camino pidiendo limosna.

Este evangelio no ha sido escrito para que nosotros aprendamos muchas cosas. No. Es una auténtica catequesis, y solo lo podemos entender si nosotros nos ubicamos en él. Si nos damos cuenta de que este ciego eres tú y soy yo. Y como Bartimeo estamos al borde del camino, con un pie dentro y otro fuera. Queremos hacer el bien y no podemos, queremos ser castos y no podemos, queremos ser santos pero no podemos, quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta.

Hay en todos nosotros sembrado por mano de la providencia un deseo profundo de felicidad, de plenitud, de belleza, de amor, de paz, de reconciliación que nos lleva a gritar a Cristo, a rezar, a pedir la salvación. Nuestra fuerza no es el dolor, ni la pobreza, ni los sufrimientos que la vida nos va trayendo. Todo lo contrario, la fuerza de nuestra oración es esta llamada a la plenitud que está impresa en lo más profundo de nuestro ser.

Rezamos porque sabemos que es posible la felicidad, la comunión, la paz. Cuántas veces repite el Papa Francisco: ¡no os dejéis robar la esperanza! “¿Qué puedo hacer si hasta me falta la esperanza? La esperanza que viene del Señor” (Lam 3).

Este domingo el evangelio nos invita a dar el mismo salto que dio el ciego Bartimeo, un salto hacia Jesús, un salto hacia la vida, un salto hacia la luz. El Señor quiere darnos la vista para que abandonemos nuestro manto de ciego y seamos cubiertos con un manto de discípulo.

Yo te anuncio hoy que Jesucristo tiene poder para sacarte de las tinieblas en donde tú te has metido. Rézale, grítale, porque tiene poder. Tiene poder de darte la vida eterna, de darte el cielo, de hacerte feliz, de reconstruir tu matrimonio, de sacarte de las drogas, de ayudarte con ese problema que tienes con ese hijo, de ayudarte a aceptar una enfermedad, de darte una muerte santa.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola