DESPOSADOS... CON CRISTO

”...y serán los dos una sola carne.”

Es verdad que el evangelio de esta semana habla explícitamente del matrimonio y a mí, como cura, se me abría la posibilidad de explicar la doctrina de la Iglesia en torno a este sacramento y apuntalar la moral católica sobre el matrimonio pero quedarme fuera porque soy célibe junto a todos los solteros y viudos. Sería correcto e incluso sería lo que muchos esperarían en el comentario de este domingo.”

Resonaba en mi cabeza la canción “ven del Líbano, esposa”, que tantas veces he escuchado en muchas bodas y se abría otra posibilidad delante de mí. Una posibilidad de no quedarme yo fuera de esta Palabra, porque hoy la eucaristía no es solo para los que están casados.

El Líbano no es la tierra prometida, no está allí el pueblo elegido. Es un pueblo extranjero y significa en la Escritura el paganismo, la idolatría. Y el Señor que en esta eucaristía viene a desposarse con nosotros, con todos nosotros, el Esposo que viene a tomarnos por esposa nos llama: “ven del Líbano”.

Nos llama el Señor del Líbano, donde estamos, donde nos metemos durante la semana: en nuestras idolatrías, en nuestra soberbia, en nuestro orgullo, en nuestro egoísmo, en pensar solo en nosotros, en nuestra incapacidad de amar al otro, que no podemos,… esto es el Líbano.

Y el Señor dice: “ven”, y nos recoge aquí en este rinconcillo de Logroño alrededor de su mesa a todos los “libaneses”, a todos los idólatras, fariseos, orgullosos, lujuriosos, envidiosos,… todos venimos porque nos invita a este banquete fantástico que es la eucaristía para desposarse contigo, para hacerse una sola carne contigo. Por eso Dios se ha hecho hombre, para unirse a ti. Por eso se deja comer, para unirse más profundamente a ti.

Si hay algo que podemos asimilar físicamente son los alimentos. Y Dios se ha hecho alimento, se ha hecho comida, se ha hecho pan y vino, para hacerse una sola carne contigo. Para que tu carne sea la de Cristo. Para que por tus venas corra hoy su sangre. Qué misterio tan grande: que Dios se una a mí y que mis células empiecen a nutrirse de Dios.

Esto es ser cristiano. Y esto ha de manifestarse externamente en nuestra vida: que no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y entonces, solo entonces, podré amar.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola