SER O NO SER
”¿De qué discutíais por el camino?”
Lo mismo que con los discípulos el Señor se detiene hoy contigo para preguntarte, para saber de ti, para que le cuentes cómo va tu vida, cómo vienes esta semana a la eucaristía, qué has vivido esta semana.”
Y aunque no te lo creas has vivido lo mismo que los discípulos: querer ser. Querer ser amada por tu marido, o amado por tu mujer, que te quieran tus hijos, que te quiera tu jefe,... ser, ser alguien, ser reconocido, que te den una palmadita en la espalda,… como los discípulos, ¿quién es el más importante?
Y Jesús, que de tonto no tiene un pelo, que sabe qué es lo que hay en tu corazón, que sabe de tus ansias de ser, te ama profundamente, para que de verdad seas alguien. Porque eres en la medida en que eres amado. Y para que puedas amar y así tu vida tenga sentido. Porque este es el sentido de la vida, que tú puedas amar. Lo demás no vale nada, absolutamente nada.
Por eso me venían al corazón dos preguntas al rezar:
¿Tú cómo amas? ¿Sirves? Porque servir es amar, que ya lo decía san Ignacio de Loyola: “en todo amar y servir”. Y nos proponía aquel ejercicio de las dos banderas porque solo hay dos formas de amar: o amarse a uno mismo hasta el desprecio de Dios y de los otros, o amar a Dios y a los demás hasta el desprecio de uno mismo. ¿Cuál es tu bandera? ¿Cómo amas? ¿De qué lado estás?
¿Tú con quién te comparas? ¿Cómo te mides? Porque los discípulos andaban comparándose unos a otros a ver quién era el más importante. Porque uno vale lo que vale delante de Dios y tú vales hasta la última gota de la sangre de Cristo derramada por ti en la cruz. Pero a lo mejor todavía sigues comparándote con los otros sin ver tu verdadera estatura.
Me encantó la película “Little boy”, que si no la conoces te la recomiendo. Un niño, el más bajito de todos, el pequeño Pepper que cree que todo el mundo es más grande que él y un amigo japonés al que visita le dice “nunca te midas de la cabeza hacia el suelo, hazlo desde la cabeza hasta el cielo. Y nadie será más alto que tú.”
Ánimo, hermano, hoy el Señor quiere hacerse un poquito tuyo y ojalá que tú también te hagas un poquito suyo.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola