LAS HERRAMIENTAS DE CRISTO

”...le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua...”

Ha terminado el verano y nos encontramos ya metidos en el lío tremendo del curso. Y andamos entretenidos en mil historias, en la distribución del tiempo, en las distintas tareas y responsabilidades, en los distintos quehaceres de nuestro día. Siempre pendientes de lo que hacemos o dejamos de hacer, de lo que tenemos que hacer y de aquello a lo que no llegamos.

Y Dios viene a ayudarnos, viene a salvarnos. Para poder curarnos, el Señor tiene que separarnos un poco del resto. Nos tiene que sacar de nuestro contexto habitual. Y tantas veces lo hace aun cuando no nos damos cuenta. Cuentan que decía santa Clara de Asís: “si una de mis monjas rompe una estatuilla yo me enfado. Pero si se cae el monasterio me quedo en quietud, porque sé que detrás está Dios”. Este es el punto. Cuando las cosas nos superan, Dios siempre está detrás.

Y viene a hacer con nosotros lo mismo que ha hecho hoy con el sordomudo. Esta cosa tan rara de meter sus dedos en los oídos y tocar con la saliva su lengua.

Los dedos de Cristo. Sus obras. Porque al final todo se resume en una pregunta: ¿Dios existe o no existe? Porque si Dios existe está obrando continuamente en tu vida y en la mía. Para poder curarnos de nuestros egoísmos, necesitamos descubrir lo que Dios va obrando en nuestra vida y para eso es necesario que dejemos de hablar siempre de lo que nosotros hacemos para empezar a escuchar las obras de Dios. Porque en todo eso que te preocupa tanto estaba Dios buscándote. ¿Te encontrará?

Y la saliva. Porque la escena es un poco dantesca, poner la saliva en la lengua de otro. Y sin embargo es lo que nos pasa continuamente. Cada mañana cuando rezo, por ejemplo, tengo las palabras de otro en mis labios. Rezo con los salmos, con la Palabra de Dios. Rezo con oraciones “ya prefabricadas”. Es curioso, algunos, llenos de sí mismos, no quieren estas oraciones. Pues a ver si son capaces de inventar algo más hermoso que un avemaría o un padrenuestro. No sé tú, pero yo necesito que la saliva de Cristo toque mi lengua cada día, que su Palabra llene mi paladar, y que yo sea guiado a palabras que no son mías. Porque yo también soy sordo cuando me escucho a mí mismo y mudo cuando solo hablo de mí mismo. ¿Y si dejamos de hablar de nosotros mismos y comenzamos a hablar de Dios?

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola