HOMBRE RICO, HOMBRE POBRE

”...se quedó mirándolo, lo amó y le dijo...”

Decía la Madre Maravillas de Jesús: “lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera”. Justo lo que no pudo decir el joven rico del evangelio, que estaba lleno de “afecciones desor.denadas”, como decía san Ignacio. Era un joven idólatra del dinero, necesitado de perdón y de luz. Como tantas personas a nuestro alrededor están necesitadas de un fogonazo como el Evangelio de hoy que los ilumine y los salve. Una empujón que les despierte, que les haga abrir los ojos a una realidad que desconocen: Dios es para ellos como un talismán que les ayuda a acomodarse en la vida, tal vez “por si acaso”, pero no es el centro, ni el quicio, ni el motor de su vida.”

Esta semana mía ha estado marcada por el inicio de las cate.quesis con los niños. ¡Qué maravilla! Cuando a un niño se le habla de Dios, inmediatamente presta atención. A un niño le interesa Dios, le interesa mucho más de lo que pensamos.

Un niño no es de este mundo; un niño no pertenece a este mundo pesado y triste. Por eso, porque no pertenece a este mundo y sí al mundo donde Dios habita, cuando se le habla de Dios se le ilumina el alma.

Por más años que tengamos, todos somos niños delante de Dios. En la presencia de Dios somos niños porque delante de Él no tenemos cargo alguno, ni riqueza alguna, ni méritos de nin.guna clase.

Y cuando uno se hace adulto, cuando descubre que ha perdido a Dios, que ha perdido la vida eterna, que aquella inocencia con la que nos poníamos en las manos de Dios de niños ya no nos acompaña, que hemos perdido el cielo, tendríamos que salir corriendo, como el joven del evangelio de hoy, porque nada es imposible para Dios.

Tal vez hoy eres rico de ti mismo, eres rico en soberbia, eres rico en hablar mal de los demás, en pensar mal de los demás, pero qué pobres somos en amar al otro, en amar a los demás, en obras de vida eterna.

Por eso ojalá hoy te desarmes delante de Dios. Ojalá hoy puedas sacrificar aquello de lo que estás orgulloso, de lo que sacas pecho. Porque el Señor te quiere pobre y humilde, para que puedas darte cuenta que tienes una vida eterna que Él te regala, que no la tienes que comprar.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola