¡FARISEOS HIPÓCRITAS!

”Dejáis a un lado el mandamiento de Dios...”

¡Menudo evangelio para volver de vacaciones! Le da duro a todos los moralistas, legalistas, a todos los “istas”, a los cuadriculados, a los que piensan que todo tiene que ser como ellos piensan, a los escrupulosos,… y criticaban a Jesús porque comía con manos impuras.

Una palabra tremenda la de esta semana. Porque Cristo arremete con una tradición de siglos, con algo que habían recibido de sus padres como la auténtica verdad. Y tú puedes pensar que estos fariseos eran tremendos, pero es que a ti y a mi nos pasa lo mismo. Tenemos unos esquemas que nadie puede tocar. Tienes tu esquema de cómo es Dios, de cómo tiene que ser el camino de fe. Tú tienes tu esquema y de ahí no te saca nadie. Y los curas tenemos nuestros esquemas. Y hay que ser muy humilde para salir de ellos, para dejarte corregir, para aceptar que las cosas a lo mejor no deben ser como tú crees que deben ser. Porque hemos puesto muchas cosas por encima del mandamiento de Dios.

¿Qué mandamiento? Amaos; amaos los unos a los otros. Y eso está por encima de todo. La caridad está por encima de cualquier otra cosa, por encima de todo. Que tú ames a tu esposa, que comprendas a tus hijos, que tengas paciencia con tu jefe, que puedas rezar por él, … eso está por encima de todo.

Porque hemos abandonado el amor para aferrarnos a la tradición de los hombres. Y no tenemos misericordia con el otro, le imponemos nuestra ley a los demás, le imponemos nuestra manera de ver las cosas, … y la liamos parda.

Os confieso que me encanta cuando el Señor nos llama hipócritas. Porque en el fondo somos todos unos actores, (que eso significa hipócrita en griego), que vamos poniendo la cara que conviene en cada momento para que nos quieran un poquito, para que no nos rechacen. Y el Señor, que nos quiere con locura, no nos deja en este engaño sino que nos invita a la conversión.

Porque nos hemos creído muy buenos, con mucha fe, y decimos unos sermones maravillosos. Pero llevamos dentro toda esa lista que Jesús dice al final del evangelio. No es el otro el problema. No es tu trabajo ni tu jefe, ni que eres bajo o calvo, rico o pobre, sino todo ese pus que llevas dentro y que solo el Señor te puede curar. Ánimo, no tengas miedo, confía en Él.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola