Pero, ¿es que Dios tiene derecho a llamar a mi puerta, a presentarse en mi vida y pedirme frutos? ¿Es que Dios tiene derecho a rodearme con una cerca y preguntarme qué hago con la vida que me ha dado? ¿Es justo que Dios pida fruto a la iglesia entera, que es su viña? Pero, ¿viene Dios de verdad a pedir los frutos?
Verdaderamente, muchas veces viene. En todo aquel que se presenta en mi vida y espera de mi frutos como hombre, como hermano, como padre, como cristiano, como cura o como lo que sea cada cual.
Miles de veces Dios se esconde en el rostro de un pariente anciano que necesita cuidados, de un enfermo necesitado de afecto, de un hijo que espera de su padre la verdad de la vida y de la existencia,…
Un cónyuge pide frutos, un amigo pide frutos, … y es justo... porque la gente espera encontrar en un cura un hombre de Dios y no un narcisista cómodo y despreocupado de todo. Un niño tiene derecho a encontrar en su madre un amor adulto que sepa trascenderse y le enseñe la ternura. Cuando la gente no encuentra frutos se queja y lo hace con razón.
Dios ha plantado tanto en nuestra vida… hemos sido amados, perdonados, acogidos,...hemos recibido tanto para llegar al amor… los dones de la viña del patrón, que es su pueblo santo, la misión que nos confía,… hemos recibido tanto que por eso el mundo nos pide cuentas a los de iglesia del amor del que tantas veces hablamos. Porque no quiere que seamos unos charlatanes.
Vale la pena confrontarse hoy seriamente con este evangelio. Porque dar frutos es nuestra felicidad más grande y pensar de otra manera, doblemente como los viñadores del evangelio, nos lleva a transformar la vida en una porquería. Hemos nacido para amar, para dar frutos de vida eterna.
Al final de nuestra existencia, cuando veamos cara a cara a Dios, seremos examinados precisamente de eso, del amor que hemos dado, si hemos correspondido o no a tantos bienes recibidos. Somos terreno fecundo, hay tanto de bueno en nosotros, tanto que Dios ha sembrado... que nos hace capaces de amar.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola
