El otro día hablando con algunos de la parroquia dijo una señora que este domingo tocaba “el evangelio del denario”. Yo no sé si era muy consciente de todo lo que significa el denario pero he querido titular esta hoja con el nombre que le dio esta mujer al evangelio. Y es que el denario era el jornal diario del obrero. Volver a casa con un denario era lo que permitía a la familia sobrevivir, lo que le permitía el sustento diario.
No hay mayor deseo en el corazón de este cura que hoy te vayas a casa con tu denario, con aquello que te permita vivir esta semana. Porque este denario es Cristo, es el amor inmenso que Dios te tiene. Esa es la paga. Cristo mismo es tu paga. Sin este jornal, sin esta paga, tu vida está perdida.
Muchos van a escuchar este evangelio. Todos cristianos de misa dominical. En unos provocará un agradecido sentimiento de alabanza a Dios, porque es bueno, porque su amor no tiene fin, porque sigue llamando sin discriminar a nadie, porque siempre hay esperanza, porque el Señor nunca llega tarde sino a su tiempo...
En otros provocará malestar: ¿Por qué vamos a ser iguales el sinvergüenza a quien Dios encontró en el lecho de la muerte y nosotros que “nos hemos sacrificado” durante toda la vida, que nos hemos privado de tantas cosas, que nos hemos esforzado durante tantos años en el combate? Y es que muchos, en tanto tiempo de Iglesia, no han descubierto el don de Dios. Viven como esclavos y no como hijos, como aquel hermano del hijo pródigo. ¡Qué pena! ¡Cuánto tiempo perdido y malgastado!
Dice el libro de la Sabiduría que los impíos no esperan el salario de la santidad. Si conocieran el don de Dios… como la samaritana del pozo, sabrían que lo importante no es el cuánto, ni el cuándo, sino la posibilidad real de entrar en la vida de la alegría, del servicio, de la gracia que Dios nos ofrece siempre.
Ánimo, pues, hermanos. Es posible que nuestra vida conozca la belleza. Es posible que hoy conozcas la alegría de quien ha recibido esta moneda, que es la vida eterna, el amor de Dios dentro de ti, que te meterá en la urgencia de buscar al hermano para que te acompañe a conocer a semejante amo que a ti y a mí, hoy, cuando nadie nos había contratado, cuando no dábamos un duro por nuestra vida, nos ha metido en el cielo.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola
