Comenzamos un nuevo curso y el Señor nos pone frente a algo que vivimos muchas veces en nuestra vida. ¿Qué prefieres? ¿Callar y salvar tu imagen o hablar y salvar a un hermano?
Y la clave está en combinar la verdad con la caridad. Hay quien en aras de la verdad se cree con derecho a ser soberbio, a humillar al otro, y se sube en un pedestal de orgullo para poder mirar al otro con indiferencia y desdén, como si no fuera su hermano. Saber hablar para el bien, saber hablar sin ofender ni agredir al otro es un arte que viene del Espíritu Santo, como dice el salmo “la misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Y es que la misericordia nunca excusa el pecado, y la verdad nunca se vuelve cruel.
Porque el fondo del asunto no es decir o no decir la verdad, ni los pasos a seguir, primero a uno y luego a otro o a otros dos, y si no a la comunidad entera. Lo verdaderamente importante es salvar a un hermano.
Hay gente que gana dinero. Hay gente que gana amigos. Y hay gente que gana hermanos. Hay gente que, cuando ve que uno se salva, se alegra. Así se alegra el Señor cuando nos salva.
No sé si a vosotros os pasa. Cuando uno escucha este evangelio siempre piensa que es él el que tiene que corregir al otro. Somos un poco así todos. Nos creemos buenos. Pero la verdad es que tantas veces en nuestra vida necesitamos que otro nos corrija… y ¡qué difícil es aceptar la corrección del otro! Pero somos nosotros muchas veces los que ha venido uno a decirnos algo y no lo hemos escuchado. Han venido dos y tampoco hemos querido escuchar. Y todos han venido a decirnos algo y les hemos contestado “no me entendéis, a mí nadie me entiende”.
¡Qué bien empezar el curso sabiendo que meteré la pata y me tendrán que corregir! Hacedlo, por favor, aunque yo me defienda, aunque quiera resistirme una y mil veces. Porque si nadie me corrige seguiré metiendo la pata en el mismo agujero tantas veces, y otras tantas me romperé la crisma, y seguiré gastando las fuerzas de mi vida sin avanzar un paso en mi camino.
Si te acostumbras a ver este evangelio desde esta óptica aprenderás a ser agradecido por los hermanos. No porque tú los tengas que salvar, sino porque el Señor que te conoce ha puesto en tu camino hermanos que te salvan. ¡Ánimo y adelante!
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola
